Venezuela en las nubes

Por Omar González Moreno

No sé, pero tengo la impresion que el aroma del café matutino de este domingo se mezcla con olores de esperanza y nostalgia.

Amanecí con la sensacion que los domingos son una especie de puentes entre lo vivido y el provenir, donde todo se siente como con más intensidad

Me percato que cada vez que asomo la mirada por la ventana de la embajada de Argentina en Caracas, las nubes en el cielo se transforman ante mis ojos.

Esos cumulos, a veces blancos, otras veces grises, otras veces con los colores de la bandera nacional, en su danza efímera, toman la forma de mi tierra: Venezuela.

Es una experiencia extraña y conmovedora que me envuelve en una especie de manto de nostalgia, anhelo y fe.

Desde hace más de 300 días, esta embajada ha sido mi refugio, mi santuario frente a la tempestad de la tiranía chavista que ha destruido a mi nación.

Escapar de los esbirros de Maduro fue la la alternativa que me quedó, junto a otros compañeros de lucha, tras la orden de captura anunciada por cadena de radio y televisión, solo por formar parte del equipo de campaña de Maria Corina Machado y Edmundo González Urrutia.

El encierro es palpable, desde hace casi un año, pero esas nubes traviesas me regalan esos hermosos momentos de libertad.

En su suavidad, veo los contornos de mis queridos estados orientales, Guayana, los andes, las llanuras y el mar donde solía nadar.

Cada forma efímera es un recuerdo que se asoma a mi mente: el aroma de las empanadas, las arepas, las cachapas y el pescado frito; el sonido de una fiesta familiar y de amigos, las risas que llenaban las calles en tiempos de alegría.

En esos instantes, la distancia se disuelve y me siento conectado nuevamente a mi hogar.

Sin embargo, el contraste es cruel.

La realidad que vivo es diferente, el régimen echó a todos los representantes de Argentina y nos dejaron solo rodeados de policias armados y francotiradores, lo que representa un constante recordatorio de por qué estoy aquí: porque lucho contra una narcocracia que desde hace 25 años saquea y destruye a Venezuela.

Seguimos sin electricidad y otros servicios básicos como parte de la tortura que nos aplica el sicariato del régimen.

Sinembargo, a pesar de ello observó que las nubes, en su belleza transitoria, me susurran que la esperanza perdura y convalida la certeza que tengo de un inminente cambio de sistema y de gobierno en Venezuela.

Aunque mi cuerpo esté atrapado entre estas paredes, mi espíritu todavía vuela con libertad por los cielos de mi nación.

Así, miro las nubes con la fe renovada, fe de que muy pronto, cuando se concrete el derrocamiento de la dictadura de Maduro y sus cómplices, volveré a ver a Venezuela en todo su esplendor.

Hasta entonces, seguiré aferrándome a esos momentos efímeros, donde el cielo y mi país se entrelazan, sirviendo como un faro de luz que guía mi camino en la oscuridad.

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