Hay una ‘lista negra’ en la que, a efectos prácticos, a ningún país le conviene estar. Es el registro que Estados Unidos utiliza para señalar a los Estados que considera patrocinadores del terrorismo, una categoría en la que actualmente se encuentran Siria, Corea del Norte, Irán y Cuba. Formar parte de esa lista tiene consecuencias inmediatas: la más dura, y la que puede castigar con mayor fuerza a un país, son las estrictas restricciones económicas.
Salir de esa lista, sin embargo, no es imposible. Existen mecanismos establecidos que marcan el camino para ‘rehabilitarse’ ante Washington y recibir su ‘bendición’. Y eso es precisamente lo que el presidente sirio de facto, Ahmed al-Sharaa, busca hacer este lunes en la Casa Blanca.
Para lograrlo, Damasco debe demostrar que ya no apoya a grupos terroristas y que coopera activamente en la lucha internacional para erradicarlos. Ese gesto podría concretarse hoy mismo, con el anuncio de la incorporación de Siria a la coalición internacional contra el autoproclamado Estado Islámico. Si se confirma, Al-Sharaa estaría un paso más cerca de conseguir que el presidente estadounidense, Donald Trump, retire a su país del listado. Y todo apunta a que el proceso va encaminado en esa dirección.
“La firma del acuerdo para que Siria se una a la coalición internacional contra el Daesh es extraordinaria”, valora la periodista turca y experta en Oriente Medio, Amberin Zaman, en un encuentro con medios internacionales. “No ha pasado ni un año desde que algo así fuera impensable”, añade. Impensable, recuerda, porque por estas mismas fechas el régimen de Bashar al-Asad seguía en pie y aún faltaba poco más de un mes para su caída.
Entonces, Ahmed al-Sharaa era conocido como Mohamed al-Golani, su nombre de guerra, y era considerado un terrorista por Estados Unidos por sus vínculos con Al Qaeda, el grupo responsable de los atentados del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas que reconfiguraron la geopolítica de Oriente Medio y la política exterior de Estados Unidos. Washington ofreció, incluso, una compensación de 10 millones de dólares por información que condujera a su arresto.
Sin embargo, todo cambió para al-Golani en el momento en el que la coalición islamista liderada por Hayat Tahrir al-Sham (HTS), con él al frente, logró lo que parecía difícil incluso de imaginar: el fin del régimen baazista de los al-Assad que gobernaron con mano de hierro el país durante casi tres largas décadas. El HTS consiguió ponerle fin tras 13 años de una cruenta guerra civil en las que la que distintas facciones sirias controlaban el país, dividido y fragmentado. Uno de ellos fue el Daesh, quien llegó a imponer durante varios años la capital de su califato en la ciudad siria de Raqqa, liberada —al igual que el resto del territorio dominado por el terror del Daesh— tras la respuesta conjunta de la coalición internacional.
Con la caída del régimen de los Asad y el consiguiente nombramiento de al Sharaa como presidente de facto, el nuevo líder sirio ha intentado enterrar su pasado como yihadista y el de la propia Siria, dando una imagen de aperturismo internacional y unidad. Una tarea nada fácil teniendo en cuenta que el país está profundamente marcado por la guerra civil y por una configuración social compuesta por un crisol de sectas, organizaciones tribales y grupos armados que continúan manteniéndolo dividido.
Pero los esfuerzos de Al-Sharaa se han mantenido durante sus primeros 10 meses de mandato. Primero fue su discurso sobre la protección de las minorías. Una promesa que ya de por sí se rompió durante el pasado mes de marzo tras el asesinato de más de 1.400 alauitas en las ciudades occidentales sirias de Latakia, Tartús y Hama. Otra fue su compromiso por la integración de los representantes kurdos en la política del país —que actualmente no cuentan con representación en la delegación que viaja a la Casa Blanca— y el respeto hacia todas las religiones.
Después fue el turno de llamar a las puertas de los Gobiernos de Occidente y a sus Cumbres internacionales. Vistiendo un traje y con una barba recortada, al Sharaa recibió en la propia Damasco a representantes de la política europea y viajó hasta Arabia Saudí para asistir a una reunión de líderes del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG). Allí, mantuvo su primer encuentro con Donald Trump. El primero que se producía en 25 años entre un líder de Estados Unidos y un presidente sirio.
En Riad, Trump dio otro paso más para agilizar la salida de Siria de su ‘lista negra’: decretar el fin de las sanciones al país, dando un giro de 180 grados en las relaciones entre Washington y Damasco. El republicano valoró que estas ya habían sido “realmente devastadoras” para Siria y que ahora quería darles la oportunidad de “brillar”. Por su parte, Al-Sharaa (a quien Trump también calificó de “tío duro” y “atractivo”) consideró que ese sería el inicio del “renacimiento de la Siria Moderna”.
El Consejo de Seguridad de la ONU fue más allá. Este mismo jueves aprobó levantar las sanciones que pesaban sobre el presidente sirio, apenas cuatro días antes de su visita prevista a la Casa Blanca. La propuesta fue impulsada y firmada por EEUU, país que destacó el consenso de todos los miembros —a excepción de China, que se abstuvo— como “una fuerte señal política”. Tras esto, países como Reino Unido y Bélgica han seguido el mismo ejemplo y ya han anunciado que retiraran todas las sanciones que pesan sobre el líder sirio.
“Siria ha escogido su lado y ese es el de Estados Unidos”, añade Zaman. “Las partes se están alineando y construyendo un nuevo proceso, pero la clave estará en la cobertura económica”, añade. Una cobertura que en gran parte dependía de que Estados Unidos levantara la mano.
Ocupar el vacío que dejó Rusia
Además de la respuesta económica, varias fuentes citadas por Reuters adelantan que en este encuentro se pretende avanzar en un acuerdo de seguridad entre Siria e Israel. Añaden que Estados Unidos establecería una base militar en las inmediaciones de Damasco para monitorear las relaciones entre Tel Aviv y Damasco, inexistentes desde la creación del Estado de Israel. De ejecutarse, representaría la consolidación de Estados Unidos como nuevo aliado de Siria, ocupando el espacio en el que antes estaban Rusia e Irán, amparados bajo el paraguas de Bashar al-Asad. “Con una base estadounidense ya establecida en Damasco y unas relaciones bilaterales en crecimiento, todo parece encajar”, asegura la periodista.
Sin embargo, su “renacimiento” no es tan sencillo. “Siria es un país devastado, sin infraestructuras. Aun así, Al-Sharaa ha actuado con firmeza”, señala el analista sirio Danny Makki. “La política, al final, da segundas oportunidades, y esta es la suya”, asegura. El analista considera que el actual camino que está siguiendo Siria puede hacer que se convierta en “aliado futuro” en la región, aunque reconoce las profundas contradicciones que persisten. “Grupos que antes eran considerados terroristas hoy forman parte del Gobierno. Las instituciones no tienen una gran trayectoria y continúan siendo profundamente corruptas. La línea que separa al Daesh de Al-Nusra —grupo terrorista al que pertenecía Al-Sharaa— sigue siendo muy fina”, advierte.
A pesar del levantamiento de las sanciones, señala que en Siria la situación “es crítica”. El país “está destruido y parte de las sanciones internacionales siguen en vigor”, lamenta. “Con Al-Sharaa se abre una dinámica diferente, pero Siria sigue siendo un mosaico de sectas, grupos armados y organizaciones que compiten por el poder”, concluye.
