He repetido muchas veces lo que mi amigo, el gran periodista polaco Adam Michnik, me dijo en cierta ocasión: «Lo peor del comunismo es lo que viene luego». En efecto, así ha sido en Rusia y todo indica que también ocurrirá en Cuba y Venezuela, donde hoy aún siguen padeciendo la lacra totalitaria. Esta es, por lo general, la gran diferencia entre las dictaduras de izquierdas y las de derechas. Nadie puede decir que lo que vino después del franquismo fue lo peor, ni tampoco lo que siguió en Chile a la dictadura de Pinochet. Todas las dictaduras persiguen las libertades políticas y sociales, arruinan la cultura y además las de izquierdas encorsetan la economía, supeditándola a los caprichos incompetentes de los mandamases de turno. De esto último, y no es poco, se libran los países que han padecido a un dictador de derechas. Franco, aconsejado cada vez más por tecnócratas liberales, recuperó a un país atrasado y gravemente herido por la contienda civil, encauzándolo en las vías del desarrollo y poniéndolo en disposición de aprovechar al máximo la bendición de entrar en la Unión Europea. En cambio, las dictaduras de izquierdas dejan a los países que las han padecido arrasados y empobrecidos, en manos de un capitalismo con más semejanzas a los usos de Al Capone que a los de Wall Street. Pero no solo eso: los ideólogos de la izquierda suelen ser mucho más virulentos y proactivos que los derechistas. Los conservadores apuestan por las tradiciones familiares y religiosas, evitando las novedades demasiado revolucionarias: prefieren frenar a acelerar hacia lo nunca visto. Es posible que retrasen las mejoras, si es que lo son, pero no se precipitarán hacia experimentos sociales que conviertan a los ciudadanos velis nolis en conejillos de Indias de formas de vida peligrosamente inéditas. ¡Señor, líbranos de los innovadores a ciegas, sobre todo en naciones de asentadas costumbres!
Todo indica que cuando al fin nos libremos del indeseable Sánchez y sus cuates, dedicados a empeorarle aunque parezca difícil, nuestros problemas aún no habrán acabado. Lo que hemos tenido que soportar en España los últimos siete años no es propiamente una dictadura, pero se parece más a eso que al modelo de democracia liberal que prospera en Europa. Tampoco es abiertamente comunista, aunque lo sean sin duda algunos de los miembros del Gobierno y varios grupos parlamentarios indispensables para la gobernabilidad de España. Nos guste o no, todo indica que el destino que nos aguarda se parece mucho más de lo que quisiéramos a lo que auguró Michnick: lo peor del sanchismo es, ay, lo que viene luego.
En efecto, cuando Sánchez sea sustituido por la oposición, la nada envidiable tarea de ésta será modificar las disparatadas leyes del solo sí es sí, de la memoria democrática, de la justicia de género, por no mencionar la amnistía a los golpistas o la financiación privilegiada a Cataluña. De nada serviría librarnos de Pedro Sánchez y su corte de corruptas nulidades pero conservando la legislación que han ido excretando a lo largo de estos años. Ahora bien, los socialistas con mando en plaza no sirven para gobernar ni consiguen que se les aprueben unos presupuestos pero en cambio tienen íntegro su potencial de agitación subversiva. Y desde el más alto cargo al más modesto, no se recatan en deslegitimar a las más altas y venerables instituciones si les llevan la contraria. No hay más que ver las rabiosas reacciones que han sucedido a la sentencia del Tribunal Supremo condenando al fiscal general del Estado.
Tomemos como síntoma el caso de Yolanda Díaz, a la que podemos considerar de un nivel intelectual tan bajo (incluso comparada con sus nada geniales compañeros de pupitre) que no hay que esperar de ella sofisticados engaños: es sincera, no por virtud sino por tonta. Pues bien, en una reciente rueda de prensa y sin que nadie se lo pidiese, llamó a la ciudadanía a tomar las calles contra los jueces que han condenado al ya exfiscal —según ella, un hombre «bueno»— y la sempiterna ultraderecha. Los ciudadanos tienen derecho a salir a la calle para «defender la democracia», lo cual es indudable, pero ya resulta más difícil de creer que esa defensa pase por deslegitimar al más Alto Tribunal del país. No lo creen los españoles sensatos, ni tampoco los miembros de la Unión Europea no infectados de populismo, como lo han hecho saber a nuestras autoridades. Desde luego Yolanda no es la única que ha lanzado este grito de guerra, pues ha sido acompañada por la indecente pléyade de opinadores de radio, televisión y prensa, que en esta ocasión se han quitado el bozal del disimulo y han vociferado a más y mejor. Es un aperitivo de lo que nos espera cuando gobernantes más decentes y mejor inspirados sustituyan a los que hoy colonizan todas las instituciones y traten de corregir sus desafueros.
Hay que irse preparando: los que no han sabido gobernar (aunque sí robar y corromper… ¡Ni El Quijote quieren que se libre de su estulticia criminal!) están dispuestos a impedir que sus sucesores legítimos puedan remediar serenamente sus estropicios. Pero que esa perspectiva no nos desanime. Al contrario, razón de más para darles nuestra patada política lo más fuerte que podamos y cuanto antes.
